domingo, 21 de agosto de 2016

El "otro" existe

Los invito a leer la columna de Cecilia Alvarez Correa en El Tiempo de hoy. SIempre he pensado que mientras los colombianos no veamos "al otro", no podremos construir una sociedad coherente. Mientras no respetemos la opinión de los otros, seremos un país bárbaro, en donde solo primarán las ideas de los más fuertes. Mientras no veamos el dolor ajeno, seguiremos indiferentes al sufrimiento de nuestros propios compatriotas. Y que no nos pase lo que dice ese poema, parece que mal atribuido a Bertold Brecht, no importa:

"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".


Cecilia Álvarez Correa

El dolor ajeno

Colombia no tiene futuro sin el reconocimiento y el respeto por el que sufre, por el dolor ajeno.
“En cada persona asesinada muere la humanidad entera”. Palabras del escritor y filósofo Enmanuel Levinas, sobreviviente del holocausto.
Cuando algunos se sienten dueños de una sola verdad, buscan la forma de imponerla a los demás. Comienzan entonces la opresión, la humillación y la dominación que justifica lo injusto, lo atroz, lo catastrófico. Es cuando el crimen, el genocidio y las matanzas parecen legitimadas.

Ocurre lo mismo con las mentiras. Sus hacedores las repiten tanto que quedan convertidos en sus esclavos, en víctimas; es decir, en presas de su propio invento, condenados a ajustarse a ellas.
Y se convierten en maestros. Dicen las mentiras más peligrosas sin arrugar la cara, con rostros de ‘yo no fui’, con apariencia de sujetos ordinarios, arropados por la banalidad del mal, tal como lo ilustra en su concepto la escritora alemana Hannah Arendt.
Por eso, el mejor antídoto contra la mentira es la memoria. Esta hace que la verdad cobre fuerza y que la justicia no sea solo constancia del dolor. La memoria con justicia camina hacia el respeto, virtud que abre las puertas hacia el otro. Hacia la pluralidad y la igualdad.
Es muy grave que en Colombia se prescinda de la comprensión y el respeto cada vez que se discute sobre el sufrimiento. Hablamos de la prolongación y el gusto por la guerra sin pensar en quienes mueren o sufren. Respeto e igualdad son indispensables para perfeccionar la comprensión de nuestra propia dignidad. Sin ellos, la persona corre el riesgo de creerse cada vez más digna y no advertir a tiempo que actúa de manera más inhumana.
Ignorar a los demás desatiende la verdad y la justicia, y al hacerlo se crean categorías artificiales para diferenciarse de los otros, se disponen las bases de una supuesta superioridad y se excluye a todos aquellos que amenazan ciertas ideas, las cuales, en el fondo parten de sentir, quizás sin entender, que la dignidad de unos es diferente de la dignidad de otros.
Por supuesto, cuando la vida sitúa a quien ha maltratado y humillado en la necesidad de recibir la comprensión y el respeto de los demás, siente y entiende claramente que su dignidad no es diferente a la dignidad del otro. Este escenario es el que le permite a la humanidad perfeccionar su noción de justicia y aplicarla.
El aniversario de la tristísima muerte de Sergio Urrego, y los acontecimientos de las últimas semanas en Colombia, donde se produjeron ataques de toda índole a la diversidad y a la diferencia, nos invitan a reflexionar sobre el respeto, la dignidad humana, la igualdad y la libertad. Todos estos valores que en teoría sostienen nuestra democracia y que son la base de nuestra Constitución Política.
Colombia no tiene futuro sin el reconocimiento y el respeto por el que sufre, por el dolor ajeno. No atendemos en realidad los postulados cristianos siomitimos el mandamiento primordial: amar al prójimo; es decir, a su alteridad y a su diferencia.
La dignidad sin respeto es vanidad. Es indispensable superar el odio, el rencor y la maldad para proteger la dignidad humana y la justicia.
Si estos no existen desde las dignidades, sobre todo; si la mentira le puede a la razón para atropellar las sanas iniciativas y a las personas, estamos perdidos.
CECILIA ÁLVAREZ-CORREA
@cecialvarezc

jueves, 16 de junio de 2016

El viento en los olmos

LA DAMA DEL ARMIÑO
Antonio Cavanillas de Blas
2014


Cecilia Gallerani (1473-1536), la protagonista de esta obra, nació en Siena, "ciudad mágica" fundada, según la leyenda, por los hijos de Remo, y de ahí su símbolo de la loba amamantando a los gemelos. Su padre era sienés y su madre, veneciana. 
Símbolo de Siena

A los diez años se trasladó con su familia a Florencia, donde notó que la claridad era distinta, "más melancólica", y  que su aire trasparente iluminaba la inspiración de los artistas.
Florencia la atrapó,"sus pinos altos, de copa redondeada y uniforme, elegantes, muy olorosos, poblados de pájaros pequeños". La luz reflejada en las hojas de los olmos que el viento mueve haciendo oscilar su envés más claro que el haz. Recorrió la ciudad muchas veces porque "una vez no basta", lo cual es muy cierto. 
Florencia: Puente Vecchio al atardecer
Pinos altos y redondos en Roma
En Florencia, conoció  a Lorenzo de Médici, el Magnífico, que gobernaba la banca Médici al tiempo que la República y, en su sede de La Signoria, verá por primera vez a Leonardo Da Vinci, entonces de treinta años, quien la enseñará a pulir sus versos; a Masilio Ficino, filósofo; a Pico de la Mirandolla, escritor y poeta, a Poliziano, a un joven Durero, a Rafael Sanzio.
Era pleno Renacimiento y fue testigo de su esplendor y de las luchas políticas entre las ciudades estado y con el papado. Se sentirá habitando un mundo pleno de belleza y de sabiduría.
Florencia: detalle de frescos en la capilla de
los Magos, obra de Benozzo Gozzoli, en el
palacio Medici-Riccardi
Durante la vida de Cecilia Gallerani pasarán por lo menos ocho papas por el trono del Vaticano (porque era un trono): Inocencio VIII, Alejandro VI, Pío III, Julio II, León X, Adriano VI, Clemente VII, entre otros. También es la época de Miguel Angel, de Boticcelli, de Tiziano.
Tiene dieciséis años cuando llega como poeta invitada a la corte de Ludovico Sforza, Il Moro, duque de Milán. Es el otoño de 1489. Se convertirá en su amante y tendrán un hijo, Cesare, y el Moro le pedirá a Da Vinci, entonces en su corte, que la pinte en un retrato que se conocerá como La Dama del Armiño.
La dama del armiño: reproducción
en Museo Da Vinci de Roma. El original
está en el Museo Czartoryski, de Cracovia
Luego, se casará con el conde Ludovico  Carminatti y vivirá una vida más sosegada en su Palacio de Carmagnola. Ludovico Sforza continuará con sus alianzas y luchas por mantener el poder en Milán y será vencido por el rey Luis XII de Francia, en cuya prisión morirá.
En el libro, Antonio Cavanillas de Blas (Madrid, 1938) no solo nos cuenta la vida de esta extraordinaria mujer, testigo de primera mano de una época en que el arte, en todas sus manifestaciones, floreció en Europa y particularmente, en Italia, sino también nos va narrando, en la voz de la protagonista, todos los sucesos históricos que  acontecieron en Italia, sin dejar de lado las leyendas que han pasado a ser parte inseparable de esa historia. El autor es médico y ha escrito varios libros de corte histórico como Harald El Vikingo, El Cirujano de Al-Andalus, El Médico de Flandes, El Prisionero de Argel, entre otras.

En la ruta a Venecia
Esta obra la leí durante un viaje a la Toscana italiana, y fue maravilloso ver las cosas y lugares  que Cecilia Gallerani, en mi imaginación y en el libro, claro está, presenció.Su viaje de bodas pasó por Génova, Pisa, La Spezia, Santa Marguerita de Ligure, y otros sitios pequeños y mágicos con sus murallas antiguas en la cima de las montañas, su burgo pegado a sus faldas, y de vez en cuando el brillo del mar Mediterráneo.  
Se me quedó grabada la luz de un atardecer en Siena, el color amarillo ocre reflejado en el Puente Viejo de Florencia y el espejeo de las hojas de los olmos a la orilla del Arno.
Siena: Atardecer

Fotografías: Silvia Reyes y Pilar Colom, junio de 2016